Generalmente tendemos a ver al capitalismo como algo aparte de nosotros, ya sea como una cosa: “el sistema capitalista” o personificado en “los capitalistas”, en los dueños de los medios de producción. Desde ambas perspectivas, el capitalismo como sistema o personificado, establecemos una relación terciaria. Hablamos en tercera persona como si nosotros no tuviéramos nada que ver, ya que nos consideramos en una posición supuestamente no contaminada. Es más, en algunos casos, ya por el hecho de tener un discurso anticapitalista nos decretamos impolutos, el propio hombre nuevo o mujer nueva.

Sin embargo, desde otra perspectiva, podríamos preguntarnos si las personas que hemos sido formadas en las maneras de relacionarse que propicia nuestra cultura no tendríamos el capitalismo por dentro. La explotación no es un hecho meramente económico sino que forma parte de una relación utilitaria que limita y condiciona la expresión de la potencialidad del ser, que restringe el desarrollo de nuestras capacidades creativas, afectivas, intelectuales, espirituales, de toma de decisiones y de asumir iniciativas.

A menudo no nos damos cuenta que el capitalismo no es algo externo a nosotros, ya que en el fondo una economía capitalista se sustenta en una manera de relacionarse en el accionar cotidiano que se nutre y al mismo tiempo refuerza emociones que vamos aprendiendo desde nuestra niñez. (2) Desde pequeños vamos internalizando deseos y aspiraciones de dominación, competencia, de apropiación y/o acumulación individualista, así como una inclinación a fragmentar las relaciones y el conocimiento; todas éstas, emociones íntimamente interrelacionadas que tienden a estar presente simultáneamente.

(2) En el libro de Cecosesola “Construyendo aquí y ahora el mundo que queremos”se presentan gráficamente varios ejemplos de cómo, en diferentes ambientes culturales, se retroalimentan mutuamente y en forma circular nuestras emociones con nuestro accionar.

Por lo tanto, se nos hace muy difícil no replicar, en el quehacer diario, un accionar capitalistas. (3)

 

Visto desde esta perspectiva el poder no sería algo que, estando fuera, nos contamina, sino que, más bien, las emociones que lo sustentan se encuentran presentes en nosotros, formando parte de nuestra intimidad, emergiendo ante cualquier estímulo proveniente del mundo donde nos desenvolvemos. Pareciera que la casa del poder a la cual se refiere Salman Rushdie (4) se encuentra en el ámbito de nuestra cultura, en el marco de la sociedad en que hemos sido creados, por lo cual todos estamos de una manera u otra contaminados.

Es bastante común la aspiración por obtener los recursos económicos que permitan adquirir los medios de producción que faciliten constituir una relación de explotación y, así, pasar de explotado a explotador, dos caras de una misma moneda, dos facetas de una misma relación.

Sin embargo, no hace falta que estén en juego los medios de producción para que se constituyan unas relaciones donde nos tratamos como objetos a ser utilizados. A menudo cuando existe una relación de liderazgo donde unos ejercemos poder sobre otros, estamos ante una relación semejante a la que se da entre el patrón y el obrero. Al convertirse el otro en un medio y no en un fin en sí mismo, el desarrollo pleno del ser, tanto del líder como del seguidor, se encuentra aprisionado en una relación utilitaria.

Quizás debido a ello se hace tan difícil construir alternativas al capitalismo desde el poder del Estado. La misma relación de dominación constituye una contradicción con el propósito de generar un proceso transformador. Por lo tanto, no es de extrañar que los intentos por transcender el capitalismo desde el poder

(3)La costumbre de la piñata en los cumpleaños es quizás uno de los ejemplos más gráficos de cómo las características de nuestro comportamiento adulto puede ser influenciado por una vivencia de nuestra infancia que estimula emociones hacia la competencia, la lucha por el poder, la apropiación y la fragmentación de las relaciones. Es más, cuando la madre y hasta la abuela se meten en el ruedo entre las demás criaturas en una competencia desleal para beneficiar a su niño o niña, se está trasmitiendo que para apropiarse de algo vale todo, estimulando un total irrespeto al otro.

(4) Ver cita de Salman Rushdie al comienzo.

tiendan a reproducir las mismas relaciones capitalistas con otro ropaje: el mismo musiú con diferente cachimbo. Esto, por supuesto, es aun más evidente cuando el Estado se apropia de los medios de producción.

Los deseos y aspiraciones de competencia, de apropiación y/ o acumulación individualista, así como la inclinación a fragmentar las relaciones y el conocimiento, que propicia nuestra formación encuentran su realización en las relaciones de dominación presentes en cualquier estructura de poder, entorpeciendo así la construcción de un proceso transformador. Esto ocurre por más que estén estos deseos acompañados por un discurso anticapitalista y/o antiimperialista magistralmente hilvanado. Como plantea Humberto Maturana, lo que sustenta las características de nuestro comportamiento y, por lo tanto, de nuestras maneras de relacionarnos, son nuestras emociones, nuestros deseos y aspiraciones, y no nuestros razonamientos. Más bien estos se confeccionan partiendo de estas emociones, buscando su realización.

Es más, el mismo hecho de enfrascarnos en una lucha contra el capitalismo nos puede atrapar en esa relación de competencia que, justamente, induce y refuerza las emociones que sustentan lo que queremos transformar.

Pareciera, entonces, que un reto, que enfrentamos los que aspiramos a transcender el capitalismo, se encuentra en desarrollar una reflexión que nos lleve a considerarlo como una manera de relacionarse sustentada sobre unos deseos y aspiraciones inducidos culturalmente. Una manera de relacionarse que crea malestar.

Al cuestionar estos deseos y aspiraciones presentes en nosotros mismos, ejercemos nuestra independencia y libertad y propiciamos un proceso de transformación cultural a través del cual nos vamos encontrando con el bienestar, con una convivencia armónica basada en el respeto al otro, la otra y a lo otro, donde todos y todas vamos siendo un fin en sí mismo y no un medio.

Para algunos este camino puede parecer muy largo pero es de recordar que la humanidad lleva siglos intentando el atajo de cambiar el mundo a través del poder con resultados poco alentadores. ¿Por qué no abrirse a la posibilidad de otras alternativas?

Si bien la transformación cultural es un proceso lento cuando se trata de ir abarcando toda una sociedad, a nivel personal puede ser de efecto inmediato, en cuanto tomemos la decisión de cuestionar aquellos deseos y aspiraciones generados en cada uno de nosotros desde nuestra infancia. De igual manera, en cualquier grupo humano dispuesto al cambio personal puede ocurrir un proceso transformador en forma expedita.

Sí realmente deseamos transcender las emociones que sustentan el capitalismo y construir una sociedad de bienestar basada en el respeto al otro y a lo otro, ¿por qué postergarlo?, ¿por qué no vivir aquí y ahora esa sociedad que queremos?, ¿por qué no comenzar por nosotros mismos?