El confort y la rutina prolongada pueden causar estancamiento vital, debilitar nuestra resiliencia y limitar la capacidad de resolver cualquier situación que se nos presente.
Al evitar los desafíos y la incomodidad, restringimos nuestro aprendizaje y frenamos el desarrollo de nuestro potencial, tanto personal como colectivo.
En la red Cecosesola, nos planteamos, cada cierto tiempo, mudarnos del espacio concreto donde damos nuestro aporte cotidiano. Si estoy en un mercado comunitario en el oeste, cambiar a otro de nuestros mercados en el este de la ciudad. Si estoy en el área de contabilidad, moverme a la coordinación de verduras en uno de esos mercados, por ejemplo. La rotación de espacios puede resultar incómoda para algunos, y sabemos que no es lo mismo para todos: hay compañeros y compañeras para quienes las circunstancias —el lugar donde viven, el tiempo, las responsabilidades familiares de cada quien— hacen que rotar sea más cuesta arriba. Eso es real y vale la pena reconocerlo. Pero incluso ahí, sin ese movimiento, corremos el riesgo de perdernos un gran aprendizaje: el poder descubrir habilidades que llevamos dentro y aún no hemos explorado.
Aunque esto no ocurre de la misma manera en todos los casos, es posible que en muchos compañeros y compañeras el confort se vaya instalando poco a poco, sin que lo notemos, y termine por no dejarnos ver otra perspectiva más que la propia, la ya conocida. Pero cabe preguntarnos: ¿qué pasa con quienes, aunque permanecen en un mismo espacio de convivencia, se mantienen en constante movimiento interno? Porque el movimiento no depende únicamente de cambiar de lugar físico. Hay compañeros que, sin rotar de espacio, rotan de otra manera: se abren a distintas relaciones, se incorporan a nuevas formas de trabajar con el otro y la otra, aprenden desde el vínculo, desde el intercambio cotidiano con quienes les rodean. Ese movimiento relacional también es aprendizaje, también es crecimiento, también nos ayuda a desarrollarnos como personas dentro de nuestro proceso educativo. La rotación, entonces, no es solo desplazamiento: es apertura. Y esa apertura puede darse cambiando de espacio o cambiando la mirada, siempre que no dejemos de encontrarnos con el otro y la otra, de formas nuevas.
La monotonía puede desmotivarnos poco a poco, casi sin darnos cuenta. Empezamos a sentir que ya no hay nada nuevo, que ya dimos todo lo que teníamos que dar. Pero si llegamos a ese punto, no es porque efectivamente ya hicimos todo —es señal de que nos hace falta movimiento. Nuestro proceso es un proceso vivo, y lo vivo no tiene un punto final: siempre hay algo más por aprender, siempre hay una versión de nosotros mismos que todavía no conocemos. Por eso la invitación no es de una sola vez, sino constante: seguir abriéndonos a la posibilidad de aprender cada día, sin importar cuánto tiempo llevemos en esto.
Solemos creer que la seguridad disminuye los riesgos, y por eso nos cuesta abandonar el lugar donde nos sentimos cómodos. Pero el verdadero crecimiento aparece justo cuando nos atrevemos a dar pasos diferentes a los que estamos acostumbrados, ya sea rotando de espacio o rotando de relación.
Y aquí vale la pena mirarnos entre todos.
Para algunos, el número 9 siempre será un 9. Otros, en cambio, podemos convertirlo en un 6: solo hace falta rotar 180 grados y cambiar la perspectiva.
La única razón por la que existen el día y la noche es porque la Tierra nunca deja de rotar. Si dejara de hacerlo, solo conoceríamos uno de los dos.
Por eso, en un proceso vivo como el nuestro —que está en constante movimiento y no tiene final— la rotación es edificante. El confort y la comodidad, en ciertos sentidos, son un obstáculo para seguir fortaleciendo nuestro crecimiento personal y colectivo.
Nota: Este artículo fue escrito, para la columna “Transitando nuevos senderos ” del portal https://desinformemonos.org/