Con frecuencia decimos que somos un proceso auto-organizativo no estructurado, donde la organización tiende a darse por sí sola en cuanto vamos siendo fieles a nuestra historia y a nuestro propósito. No obstante, nuestra formación cultural dificulta que se den entre nosotros procesos auto-organizativos como los que se evidencian de manera tan natural y espontánea en la dinámica milenaria de creación de vida en nuestro planeta.

Pareciera que nuestro encuentro con la auto-organización se va dando cuando vamos desdibujando el condicionamiento de nuestra formación cultural, en cuanto vamos transcendiendo esas emociones que nos llevan a constituir relaciones fragmentadas, de poder “sobre” y de apropiación y/o acumulación individualista; en otras palabras, cuando vamos profundizando un proceso transformador a través del cual nos vamos encontrando con el otro, la otra y lo otro como legítimo otro(a) en convivencia con uno.

 

Allí va emergiendo una práctica de participación directa, sin intermediación, a la par que vamos asumiendo iniciativas y decisiones individuales en el marco de criterios colectivos flexibles, asumiendo la responsabilidad de nuestro hacer.

 

Allí vamos potenciando nuestra individualidad, trascendiendo el individualismo, ya que vamos encontrando nuestra realización personal en la convivencia, ampliando el ámbito del “nosotros”. 

En cuanto vamos viviendo la auto-organización en el respeto al otro, la otra y a lo otro, en relaciones de confianza y cooperación, vamos internalizando la dinámica milenaria de creación de vida en nuestro planeta, por lo cual nuestro comportamiento va entrando en sintonía con ese proceso. De esta manera se nos va abriendo la posibilidad de ir trascendiendo ese comportamiento ambientalista que se circunscribe a la imperiosa necesidad utilitaria de conservar una naturaleza que se encuentra al servicio de los seres humanos. Se nos presenta, así, la posibilidad de ir siendo intrínsecamente ecológicos en cuanto la naturaleza va dejando de ser algo fragmentado, aparte de nosotros(as), y vamos siendo todos y todas naturaleza.

Quizás simplemente nos estamos encontrando con una opción de vida. Una opción que nos lleva a ir trascendiendo esas relaciones de poder “sobre” que forman parte de nuestro acervo cultural. En coherencia, una opción que no contempla la toma del poder como una alternativa para cambiar el mundo. Una opción de vida abierta a todos y todas los que deseamos intentar vivir, aquí, ahora y junto con el otro, la otra y lo otro, el mundo que queremos.